¡Feminismos! Eslabones fuertes del cambio social

Los artículos

Mujer, negra, la doble lucha de las estudiantes sudafricanas

, por ALFSEN Clotilde, BENARD Clélia

Desde 2015, la juventud sudafricana se moviliza para asegurar una educación para todas y todos. Para las estudiantes, la batalla podrá ser ganada solamente si se ataca los pilares del patriarcado, fuente de múltiples relaciones de dominación. Las numerosas iniciativas que van en ese sentido generan controversias.

La "Nación arco iris" es como se le llamó a Sudáfrica luego de las primeras elecciones multirraciales de 1994. Desde entonces, las poblaciones de diferentes colores de piel empezaron a convivir bajo la idea de igualdad. Pero veinte años después del fin del apartheid, de la llegada de Nelson Mandela y del African National Congress (ANC, Congreso Nacional Africano) al poder, las promesas siguen sin cumplirse.

Manifestación Fees must fall, Pretoria, octubre 2015.

En marzo de 2015, las protestas estallaron en los campus de las grandes universidades del país. Los "nacidos libres" (después del apartheid) se rebelaron contra el anuncio del presidente Jacob Zuma que quiere aumentar un 10,5 % las tasas de la universidad. Los estudiantes protestaron contra un acceso desigual a la educación superior entre poblaciones blancas y negras. El movimiento fue bautizado Fees must fall ("Las tasas deben caer"). La fuerza de la movilización reavivó el recuerdo de los disturbios de Soweto, en junio de 1976, cuando los alumnos negros se manifestaron contra la introducción del afrikáans como lengua principal en la enseñanza de las escuelas.

Las mujeres tomaron rápidamente la posta de estos movimientos tan mediatizados. Una visibilidad que les permitió denunciar la cultura de violación y las peculiaridades de una sociedad extremadamente patriarcal. Sudáfrica deberá, aunque sea por única vez, tener en cuenta la condición de las mujeres negras, en la intersección de la raza, el género y la clase social.

Descolonizar la enseñanza

Las universidades fueron bloqueadas por multitudes de estudiantes que cantaron y bailaron su indignación. Los debates giraron en torno a tres puntos: la masificación, exigir un acceso generalizado a la enseñanza para todos los niños sudafricanos; la transformación, llamar a una mayor diversidad en el seno del equipo académico aún dominado por los blancos; y la descolonización de la enseñanza, modificar el contenido de los cursos que tienden a centrase demasiado en Occidente, descuidando la historia, las lenguas y las cuestiones culturales africanas.

Al interior de las universidades públicas pero de pago, en cuestión —la Universidad de Ciudad del Cabo (UCT), Universidad de Johannesburgo, del Witwatersrand y de Pretoria— la inmensa mayoría, alrededor del 90 % de los-las estudiantes eran negros. Las tasas de la universidad oscilaban entre 40 y 65 000 rand por año, o sea unos 3 000 o 4 000 euros. Los profesores universitarios eran en su mayoría blancos. La Universidad de Ciudad del Cabo, por ejemplo, contaba con 72 docentes negros contra 590 blancos. En las universidades privadas la mayoría de alumnos eran blancos. Es necesario recordar que los -las Blancos-as sólo representan el 8 % de la población total del país.

En la búsqueda de la igualdad

Los y las manifestantes formaban parte de los "afortunados", de clase media o alta. Sin embargo, el aumento de las tasas de la universidad representaba una amenaza para la continuidad de sus estudios. Su equilibrio financiero era muy frágil. En un contexto donde la raza determina el grupo social, los-las estudiantes negros-as no tienen las mismas oportunidades que los-las jóvenes blancos. Estos últimos, muchas veces mantenidos económicamente por sus familias, tienen la seguridad de terminar los estudios y se benefician de un contexto social y familiar favorables (ayudas en los deberes, debates sobre las clases, redes de padres, etc.). Un-a estudiante negro-a tiene menos posibilidades de tener este apoyo. Los padres muchas veces tendrán que elegir entre sus hijos al que podrá seguir estudiando. Los varones tendrán mayores oportunidades que las mujeres quienes estarán destinadas a ayudar dentro del hogar.

En un contexto de revueltas contra el status quo político, los-las jóvenes estudiantes reclamaban la inclusión del género en la lucha por la igualdad de derechos. Sin tener en cuenta el género, las mujeres seguirán siendo víctimas de las desigualdades ocultas. Pero en 2015, la juventud se hizo visible, se convirtió en un objeto mediático. Las jóvenes fueron fotografiadas y entrevistadas tanto como los varones, y gozaron de un espacio político disponible y de herramientas como las redes sociales. "En Sudáfrica, el leadership aún es del hombre blanco, pero este año, las figuras de Fees must fall son las mujeres negras" se alegraba Bafana Khumalo, director estratégico de la asociación Sonke Gender Justice que lucha por la igualdad de géneros.

Mujeres en todos lados, feminismo en ninguno

Durante la liberación nacional en los años 1990, las mujeres fueron consideradas como "miembros auxiliares" [1] del país cuyo rol principal era tener hijos. De hecho, las mujeres no integraron el poder anti-apartheid en igualdad con los hombres. Hablar de desigualdad de género es considerado, hoy como ayer, de divisionista. Las intenciones en aquella época se quedaron a nivel del discurso político. Los líderes contra el apartheid eran antiguos revolucionarios que defendían su virilidad, puesta en duda por el régimen del apartheid. El hombre negro sudafricano dañado, maltratado debía encontrar y expresar la fuerza perdida. Cuando la masculinidad es valorada, la feminidad es devaluada. El lenguaje político, muy masculino y sexual lo ilustra. Controlar entonces a las mujeres se convirtió en la manera de recobrar su virilidad y de dar la vuelta al estereotipo de la sumisión. Esta forma de tomar el poder también se encontraba en el seno del joven movimiento Fees must fall. En la intimidad del combate político, lejos de los medios de comunicación, las jóvenes eran puestas de nuevo en su lugar:

"¡Vuestro feminismo es contrarrevolucionario, compañera!", les decían.

Durante una conversación vía Skype, Jordi Will, de 21 años, militante queer de Ciudad del Cabo cuenta la evolución de su recorrido militante. Ella se describe en Twitter como "Feminista Interseccional Radical, Queer". "Los tíos nos dicen que dejemos nuestro cuerpo de mujer a un lado, y que la prioridad es la educación para los negros." A un estudiante que rechaza abordar las cuestiones de género ella le responde: "ser negra y ser mujer son dos elementos inseparables de mi identidad."

El movimiento la ha formado en feminismo: "No era consciente de cómo el patriarcado operaba en esos espacios. Durante las reuniones , si una mujer tomaba la palabra, la ignoraban. Pero si un hombre hablaba y decía lo mismo, era tomado en serio. Ellos me han dicho de bajar el tono de voz. Progresivamente me percaté de lo que estaba pasando." Agrega: "Es verdad que las mujeres estábamos en primera línea. Pero éramos violentadas frecuentemente. Hubo agresiones sexuales en el seno del espacio militante."

Crear un espacio

En julio pasado, sentada en una terraza de un café de Pretoria- a una hora del campus de la Universidad de Wits dónde ella estudia ciencias políticas- Shaeera Kalla, de 23 años, contó las manifestaciones agitadas en las que ella participó con el puño en alto: "En nuestro país se nos puede imponer el test de virginidad para recibir una beca de estudios, aunque esto sea contrario a nuestra constitución." Ella estima que "las protestas han revelado las contradicciones de nuestra sociedad. Esto es sólo el comienzo."

Después de los bloqueos, era necesario "crear un espacio de discusión", "create a space" en inglés. La fe en el poder del debate era muy grande en los y las estudiantes sudafricano-as. Era necesario un espacio para discutir sobre las cuestiones raciales olvidadas durante los veinte años de existencia de la democracia. Pero también, un espacio para discutir sobre "interseccionalidad" y "black feminism". En francés, se habla con frecuencia de "afro-féminisme" pero en Sudáfrica la discusión aborda frontalmente el color , negro o blanco porque la vida es diferente según el color de piel. La oposición entre "Whiteness" y "Blackness" trae una implicación de violencia y de dominación. Así, una jerarquía se definía durante nuestras entrevistas: primero llegaba el hombre blanco, la mujer blanca, luego el hombre negro y finalmente la mujer negra, en lo más bajo de la escala.

A partir de abril de 2016, las cuestiones de género y el sexismo fueron abordadas frontalmente en el seno del espacio militante. Mujeres jóvenes mostraron sus torsos desnudos en Rhodes, luego en Johannesburgo para denunciar la cultura de la violación y de la violencia del patriarcado que define todavía las relaciones entre hombres y mujeres. Una denuncia fue dada a conocer: hubo violaciones en el campus de la Universidad de Rhodes. En Twitter, el nombre la campaña de las manifestaciones se llamó: RU reference list ("Lista de Referencia de la Universidad de Rhodes"). El mensaje era claro, sobre sus torsos desnudos podía leerse: "Still not asking for it" (Aún no lo quiero). Otra campaña tomó el hashtag "One in three" como lema. Porque una mujer de cada tres soportará violencia física o sexual a lo largo su vida en Sudáfrica.

Khanyi, estudiante de periodismo en Rodhes estima que su generación invoca y crea el cambio: "Pienso que nosotras hemos impulsado lo nuevo. Esto puede no gustarle a muchos, pero a partir de ahora, se habla en todos lados de lo que le preocupa a las mujeres."

Twitter, plataforma de lucha

La "primavera sudafricana", como le llamaron los medios de comunicación en referencia a las "primaveras árabes", se benefició ampliamente del uso de las redes sociales y en particular de Twitter.

Twitter es un espacio virtual donde las lenguas se liberan. En este espacio se organizan los bloqueos, se difunde información que no aparece en los medios tradicionales y se expresan las ideas o experiencias personales. En febrero de 2017, Jodi Williams hizo un llamado para contar en Twitter las experiencias de acoso callejero. Retuiteando su mensaje, numerosas jóvenes describieron sus experiencias más o menos violentas de acoso. Twitter es un medio donde una puede tomar conciencia de una experiencia común y denunciarla.

En la red social, en general, las jóvenes que hemos entrevistado no usan seudónimo e incluso cuando lo hacen, son fácilmente identificables. La herramienta podría entonces servirles de enlace entre lucha y teoría. Un espacio donde las mujeres, sin importar su nivel social o educativo, pueden hablar de estas cuestiones. Desafortunadamente, el uso de Internet y de las nuevas tecnologías sigue siendo muy bajo en Sudáfrica y reservado a las clases superiores. Twitter aún es mayormente utilizado por jóvenes urbanas, de familias acomodadas, y cultivadas. La clase media negra todavía ocupa un sitio complejo y precario en la sociedad sudafricana y necesita una negociación, una lucha permanente.

Además, la lengua principalmente usada para expresarse en Twitter sigue siendo el inglés. Es necesario dominarlo para poder expresarse bien y ser entendido-a-s en la red social. No es así en el caso de conversaciones privadas, donde las lenguas vernáculas se usan con mayor frecuencia.

Duplicidad del enemigo

En el seno del movimiento, unas jóvenes en un grupo encabezado por Simamkele Dlakavu, crean el grupo de las Black Feminists de Fees must fall. De la misma forma que el feminismo revindica la creación de grupos no mixtos, sólo entre mujeres, para discutir y debatir las cuestiones vinculadas al género, las Black Feminists conciben su combate de manera exclusiva. Durante una conferencia, el 26 de junio de 2016, titulada "Sexual violence and voice programme" [2] se vivieron momentos tensos. Una joven mujer blanca del público rechazó la idea de hacer una distinción entre la lucha de las mujeres negras y de las mujeres blancas contra la cultura de la violación. "Las mujeres negras son las mayores víctimas de violación" insiste Simankele Dlakavy. Ella cita la obra de Pumla Dineo Cqola, La violación, una pesadilla sudafricana. En el segundo capítulo podemos leer lo siguiente: "¿Qué es lo que vincula la raza y la violación? Respuesta: ’Todo’. La violencia sexual no es exclusivamente inherente a los hombres blancos pero sus víctimas son siempre mujeres negras". Una obra que sirve de referencia a muchas jóvenes del movimiento.

Según ellas, la lucha contra el patriarcado y el combate contra la "white supremacy" están intrínsecamente relacionados. La concepción colonial de la sociedad impuesta por los-las Blancos-as que continúa definiendo las relaciones sociales en Sudáfrica es, por naturaleza, patriarcal. Estas jóvenes también rechazaron contestar a nuestras preguntas para poder conservar su "relato" ("narrative" en inglés). Estas militantes quieren contar su historia ellas mismas, pero las periodistas blancas venidas de Occidente como nosotras, no podemos hacerlo. Según ellas, no podemos entender su experiencia y por lo tanto no podemos contarla. Entre su relato y el nuestro se instala una oposición, una competición. Como si estos relatos no pudieran nunca concordar a causa del color de piel de la narradora.

Una lucha de largo recorrido

El movimiento Fees must fall acabó ganando. El presidente Jacob Zuma dio marcha atrás y congeló el aumento de las tasas para 2016. Pero las manifestaciones se mantienen, principalmente por la movilización de las estudiantes. Reciben escasos apoyos, por ejemplo, el de la asociación Sonke Gender Justice. "Cuando las estudiantes decidieron manifestarse con el torso desnudo porque la universidad no daba respuesta a las cuestiones que demandaban, las apoyamos", manifiesta Bafana Khumalo.

Las estudiantes denuncian con razón la falta de eficacia de las universidades para protegerlas de las agresiones sexuales. María Dimakatso Wanyane, trabajadora social en la Oficina de la igualdad de género en la Universidad de Witwatersrand, señala la dificultad que tienen las víctimas para hablar de la violación. Y cuando la víctima conoce a su violador, es aún más difícil. "De los ocho casos de violación que hemos tratado, sólo una persona quiso hacer la denuncia… no quieren arruinar la vida de estas personas que conocen". Por su parte, las militantes denuncian la falta de medios: en Wits, sólo hay cuatro empleados en la oficina para 33 340 alumnos.

En septiembre de 2016, las manifestaciones comenzaron de nuevo cuando se anunció un alza de las tasas que será limitada a un 8 % para 2017. La movilización fue violenta y las mujeres, siempre en primera línea, no fueron tratadas con indulgencia. Shaeera Kallah fue alcanzada por varias pelotas de goma el 20 de octubre de 2016. La administración universitaria intentó una vez más reducir la movilización para que las clases y los exámenes pudieran seguir. Pero los enfrentamientos a menudo violentos con las fuerzas policiales sólo hicieron crecer la fractura entre estudiantes e instituciones.

Las luchas emprendidas por Fees must fall han abierto una brecha en la sociedad sudafricana, aún atravesada por crisis xenófobas. Esperemos que la falta de medios, las respuestas violentas de las autoridades, y en general, el contexto violento del país, no detengan a estas estudiantes en el centro de una lucha feminista consciente y activa en el terreno del abandono de las dominaciones concomitantes de clase, de raza, de género.