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Dossier Sáhara Occidental, año 40 : Historia, estrategias y desafíos para el futuro

Testimonio: Una jornada por el desierto

La vida de una joven refugiada

, por ABDERAHMAN Senia Bachir

Enero de 2016

La noche venía de bajar su manto negro de estrellas brillantes. Mi abuela y yo sentábamos en las suaves y frías dunas del desierto de Argelia. Con el dedo, ella señalaba el vasto cielo y las estrellas explicándome la astronomía saharaui. A pesar de estar completamente ciega, ella sabe precisar la posición de cada estrella, de tan conocidas que le son. Con frecuencia, ella cuenta a mis hermanos y a mi las leyendas de su familia, especialmente aquella de mi bisabuelo, que ya fue uno de los mayores comerciantes de la región. Ella nos habla de la vida nómada que llevaban y de cómo tenían la costumbre de cruzar el desierto negociando serpientes, ovejas, camellos y otros bienes. A veces también recita cuentos de hadas para hacernos dormir. Pero esta noche ella decide contarnos otro tipo de historia, una que no me hará adormecer, una que, al revés, me despierta y me deja pensando y ponderando sobre la vida que ella lleva y que yo llevaré para el resto de mis días.

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Ronia huyó de la guerra pero nunca se acostumbró a la vida de los campamentos de refugiados. Retomó la vida nómada y, a pesar de los riesgos, vive en un constante peregrinaje por los territorios saharauis a este del muro. Créditos : Laura Daudén. Territorios liberados, Sáhara Occidental, 2009.

Aziza, mi abuela, me lleva de vuelta a cuando ella era joven, madre de tres niñas y tres varones. Como muchas mujeres de su comunidad, ella se casó a los 12 años, pero solo dio a luz a mi mamá (si hija mayor) a los 20. El número 12 parece tener una simbología especial en su vida. A pesar de su nombre significar “la más querida”, era conocida de todos como “la terca”. Así fue llamada porque, cuando su madre estaba embarazada, se “recusó” a venir al mundo hasta los 12 meses. Fue de hecho algo raro ya que los bebes en general nacen después de nueve meses. Era la mayor de una familia de cinco chicas y un chico. Ya como esposa, Aziza no dio a luz luego después de su matrimonio, lo que dejó su familia preocupada. Pero tuvo la suerte de poseer un marido comprensivo que, por ese motivo, de ella no se quiso divorciar. En su comunidad, uno de los más importantes elementos del matrimonio era dar a luz a muchos niños y, sobretodo, varones. Así, era común para un hombre divorciarse de su mujer caso ella fuera “infértil”, ni siquiera considerando que la infertilidad podría ser suya.

Como madre y esposa, el día de Aziza empezaba temprano por la mañana, ordeñando los camellos, cabras y ovejas. “Todo era verde y el aire era muy puro”, me revela ella, comparando los alrededores de la ciudad de Smara y el desierto del campamento que lleva el mismo nombre, en el que vive desde hace más de tres décadas. Aun ciega, ella consigue sentir la sequía y el vacío de la Hamada. Ella me cuenta cosas sobre mi patria, aquella tierra en la cual nunca pisé, y con la que apenas puedo soñar. En los alrededores de Smara, ella estaba rodeada de personas con las que dividía todo en la vida. A pesar de que el Sáhara Occidental sea constituido casi totalmente de áreas desérticas, Aziza creció en lindos paisajes verdes, próximos a playas tranquilas. Al escucharla hablar, pienso conmigo misma que la mirada de Aziza nunca más posará sobre todo aquello. En una hora volvemos décadas en el tiempo y aterrizamos en su pueblo de origen. Sus sueños, cuentos de hadas, recordaciones y memorias se entrelazan. Ella empieza a perder el interés y, de repente, se pone a hablar de cómo su vida cambiaría para siempre.

En una mañana de enero de 1976, algo inusitado ocurre. En la víspera, Aziza había escuchado rumores de que el ejército marroquí había atacado la región norte y forzado la población a huir. Ni ella, ni tampoco cualquier otro miembro de su familia habían dado mucha atención al caso, ya que vivían en una parte segura del interior donde nadie les molestaría. Además, el Sáhara Occidental acabara de tornarse independiente de los españoles, tras un siglo de ocupación. Todo pensaban: ¿a quien interesaría ocupar nuestro país? ¿El vecino Marruecos? Estaban engañados. En ese día, la comunidad entera, llamada de frigg, se vio forzada a abandonar sus familias, propiedades, ganado y el resto de la villa. En aquel instante, su marido partió para se juntar a los demás hombres en la lucha para defender la tierra. Como el resto de los habitantes del frigg, ella huyó con sus hijos. El pueblo ya no era seguro y de lejos podían ver a otros siendo torturados o teniendo a sus hijos secuestrados por soldados marroquíes.

Ella, sus tres hijas y los tres hijos tuvieron que cruzar el desierto y buscar refugio en Argelia. Tuvieron que atravesar a pie –sin camellos, sin coches o cualquier otro medio de transporte, porque tenían miedo de sufrir bombardeos aéreos. Durante la jornada, caminaban sobre todo por la noche, porque en la oscuridad ningún avión conseguiría localizarlos. Pero la travesía nocturna también tenía sus peligros: culebras, escorpiones y otros insectos peligrosos acechaban en el vacío de las arenas del desierto. Durante el día no se podía caminar porque eran capaces de avistar a los aviones militares sobre sus cabezas, y con frecuencia escuchaban los ruidos de los bombardeos en la lejanía. Cuando necesitaban descansar de las largas caminadas nocturnas y alimentar a los críos con el poco de comida que conseguían cargar consigo, se escondían detrás de las piedras y de los árboles, cuando tenían la suerte de encontrarlos. “Lala y yo nos turnábamos en la vigilancia de los aviones mientras los otros dormitaban”, Aziza me cuenta. Lala, mi mamá, tenía apenas 12 años y era la mayor. Brahim, el más pequeño, acababa de completar ocho meses de edad.

Pasados tres días, comida y agua empezaron a faltar. Sobrevivir significaba, entonces, comer lo que fuera posible encontrar en el desierto. No mucho tiempo después, Brahim muere de deshidratación. Aun así, tenían que seguir en frente. Apenas dos días después, mientras dormitaban, los otros dos jóvenes varones mueren en una explosión de minas terrestres. “Ya no más tenía la mitad de mi familia. Estaba devastada, desolada”, cuenta con lágrimas en los ojos. La tragedia no acabaría ahí. Las lágrimas rolan en mi rostro y ella sigue: “y entonces me quedé ciega”. En el día siguiente, mientras seguían con su travesía, un avión hace un bombardeo a apenas algunos metros de distancia del grupo. Como Aziza caminaba en la delantera, las cenizas fueron lanzadas en la dirección de su rostro y ella perdió la visión para siempre. A pesar de todas las ocurrencias, no podían parar. Con una sonrisa y lágrimas en los ojos, ella me dice: “en el día siguiente, dos hombres aparecieron y nos llevaron a los campamentos”. Un mes después de su llegada a los campos, en el sudoeste del desierto argelino, ella recibe una notificación. Su marido había fallecido en una de las batallas entre el Frente Polisario y el ejército marroquí.

Lloré callada un poco más y después la abracé. Me di cuenta, entonces, de la razón por la que ella era tan protectora de su nieta mayor. Viuda y ciega, había sido madre y padre de sus tres hijas, a quien había criado y cuidado en las más difíciles condiciones de la Hamada. Ya que no había cualquier hombre en la familia, mi abuela era su jefa. Cualquier decisión necesitaría de su aprobación.

***

Yo tenía ocho años cuando fui confrontada con dos opciones: seguir mis estudios a millares de quilómetros de distancia de mi familia o quedarme en casa y casarme luego enseguida. Era una decisión difícil y una que no podría haber tomado sola. Por un lado, mi madre quería que terminara la escuela, pues veía potencial en mí. Por otro lado, fue muy difícil convencer a mi abuela, ella que nunca había ido a la escuela, de que esa era una etapa importante en la vida de su nieta. Tras largos y calurosos debates, mi abuela finalmente fue convencida de dejarme ir a la escuela, pero entonces ya era demasiado tarde. Ya habían salido para llevar a los alumnos a los buses que los conducirían a un internado en el noroeste de Argelia. El lugar estaba a dos horas en coche y no teníamos uno. Yo estaba convencida de que la segunda vía era lo que tenía que suceder.

Fue algo increíblemente asustador para mí porque la escuela siempre había sido el lugar donde yo encontraba un verdadero refugio. Mi día siempre empezaba temprano, a las cinco de la mañana. Yo era siempre la primera de la familia en despertar. Inicié esa rutina en la escuela coránica y sólo después fui para una escuela regular. Yo era la alumna preferida del Lembrabet, el profesor de Al Corán. Él me quería mucho porque yo memorizaba los versos muy rápidamente. Idealmente, el objetivo de la escuela coránica es entender la Escritura Sagrada, lo que no era el caso aquí. En lugar, el objetivo era memorizar el libro entero y dejar su familia orgullosa. Sin embargo, eso nunca seria posible en mi caso porque yo era una niña. Y siendo niña, no podría enseñar el Al Corán, ni me convertiría en un Imam para conducir las oraciones. Eso, entretanto, no me impidió de memorizar un cuarto de las Escrituras en cuatro años. Después de terminada la enseñanza islámica, fui para la escuela regular. Yo era apasionada por mis estudios y mis lecciones.

Allí parada y sin esperanza, recordando mis días en la escuela que acabarían por transformarse en apenas memorias pasadas, sentí a alguien tirándome por las manos. Era mi mama. Y así me dijo: “tu irás a la escuela. Vamos a encontrar a alguien que te pueda llevar al autobús”. Después de procurar por algunos minutos, encontramos un policía a quien mi madre convenció de llevarme. Tras una breve rodada de adiós y abrazos, yo y mis maleta cuadrada y metálica subimos en el coche de la policía. Yo llevaba conmigo unas pocas cosas: dos pantalones, tres tops, algunos de mis libros favoritos en árabe, jabón, cepillo y crema dental. Por muy poco la policía no alcanza el autobús.

Lentamente entré y miré alrededor en búsqueda de alguna cara conocida. Me giré buscando una silla libre para sentarme y una chica más vieja me preguntó: “te puedo adoptar?” Sonreí y bastante animada le respondí: “Claro!” Su nombre era Galia y fue extremamente gentil de contarme todo lo que se podía y lo que no se podía hacer en el internado. Me contó también sobre la rutina y sobre qué esperar de ella.

Pasé los siguientes ochos años en internado, cambiando tres veces de escuela. Mi rutina, sin embargo, nunca cambió realmente. Galia tenía razón sobre la rutina diaria. Las campanas sonaban a las 6h de la mañana. Teníamos una hora para lavarnos, cepillar los dientes y arreglarnos. A las 7h hacíamos una fila para el desayuno –que era exactamente el mismo todos los días: pan de trigo francés con mermelada y mantequilla y café argelino. Después del desayuno, terminábamos lo que había sobrado de lecciones antes del inicio de las clases. A las 8h30, tanto los alumnos del internado como los que venían y volvían todos los días se reunían para izar la bandera de Argelia. Las clases empezaban a las 9h puntualmente e iban hasta el medio-día. A las 12h15, nos alineábamos nuevamente para el almuerzo que, en la mayor parte de las veces, era sopa de lentejas con pan o bien arroz con atún. A las 12h45 íbamos a estudiar hasta las 14h, cuando el segundo turno de clases empezaba. Las clases iban hasta las 17h, cuando volvíamos para el dormitorio para cambiar de ropa, y a las 18h volvíamos para una nueva rodada de estudios. A las 19h, cenábamos. Y era siempre igual: espaguetis sin salsa o puré de patatas. En seguida, teníamos media hora de intervalo para jugar, hablar con los amigos o simplemente estar solos. A las 20h teníamos una nueva rodada de estudios hasta las 21h cuando volvíamos a los dormitorios. Las luces se apagaban a las 22h. El día siguiente empezaba con exactamente la misma rutina, aunque con ropas diferentes.

Al acostarme en las suaves dunas, mirando las estrellas y reflexionando sobre mi lucha para poder estudiar, me acuerdo de la interesante jornada de vuelta para casa, después del internado. El trayecto nunca cambia, y caso alguien visite los campamentos hoy, su viaje sería mas o menos así: primero llega al aeropuerto militar de Tindouf y el piloto le dará la bienvenida a la capital del desierto argelino. Al salir del avión, sentirá un viento caliente y seco y una brisa agradable. Pasará brevemente por el control de seguridad y tomará un microbús amarillo con algunos asientos rotos hasta su destino en wellaya (literalmente, provincia), en este caso Smara, que queda a 40 millas de distancia. El microbús atraviesa la ciudad de Tindouf y la excitación es grande al ver una nueva y diferente civilización. Las casas rojas y azules de la época colonial francesa llaman la atención al pasar por las estrechas y abarrotadas calles. En la medida en que el microbús sigue su ruta, Tindouf queda atrás y desaparece rápidamente en los paisajes desérticos de Hamada.
 
Al doblar a la derecha y a la izquierda, en busca de algo verde, su visión se llena todavía más de terrenos vacíos. El lugar entero parece idéntico, con excepción de algunas montañas rocosas a cada par de millas. Con el pasar del tiempo, el calor aumenta y permanecer en el microbús se hace insoportable. Usted espera y espera, esperando ver un primer habitante o quien sabe una tienda. Dos horas y media después, usted finalmente lo ve. Un objeto verde oscuro con forma similar a un tubo se levanta al lado de muchos otros, de igual forma. Brillan a la luz del día. Lo que usted ve es lo que llamamos de el-khaima, que literalmente significa “tiendas”.
 
Al entrar en el campamento, las cosas comienzan a parecer completamente diferentes. Usted ve niños corriendo y jugando con juguetes simples y hechos por ellos mismos. Medias amarradas con bolsas plásticas, carritos hechos con latas de atún. También es posible ver mujeres en sus quehaceres, cubiertas con tejidos coloridos de seis metros de altura y un metro de ancho, llamados de melhfa. En el momento en que el microbús aparece, todos los niños se aproximan corriendo para saludar el nuevo visitante. La energía de los niños es un indicador de la llegada de un nuevo y “diferente-de-nosotros” visitante. Ellas corren para avisar a sus madres y el ruido comienza.
 
El-khaima  es donde por primera vez abrí los ojos en este mundo. Es donde ocho miembros de mi querida familia todavía viven. No es apenas un pedazo de tejido donado por la Cruz Roja Internacional. Es más que eso: es un símbolo de paciencia y amor. La tienda de mi familia es un reflejo de esperanza y de compartir. Este espacio de 12 metros cuadrados es abrigo de todos los miembros de la familia. Es una protección contra las fuertes y frecuentes tempestades de arena. Es un refugio contra el calor insoportable del verano y contra el frío intenso del invierno.
 
Cuando usted entra en la tienda, su interior parece completamente diferente. Muchos rostros desconocidos y sonrientes lo reciben al penetrar el espacio bajando la cabeza para no golpear el “tejado”. Simples, largos y bellos tapetes hechos a manos se extienden por toda la tienda. A la derecha hay un mini armario con algunas cobijas perfectamente doblados. Al lado izquierdo, una pequeña y baja mesa con el juego de té y perfume para los invitados. El-khaimah  es el cuartel general de toda y cualquier reunión social, que va desde largas ceremonias de te saharaui (atay) a simplemente personas que pasan para apreciar una taza de té dulce. El té es hecho de una forma muy especial y en tres etapas. Cada etapa tiene un significado diferente. La primera tasa es amarga como la vida, la segunda es dulce como el amor y el ultimo es suave como la muerte.
 

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Ronia y su nieta durante el ritual de preparación del tradicional pan saharaui, que cocina bajo las arenas calientes del desierto. Créditos : Laura Daudén. Territorios liberados, Sáhara Occidental, 2009.

Al sentarme y observar a mi abuela, pensando sobre mis próximos pasos en la vida, ella concluye la noche con palabras que quedarán en mí para siempre. Para mí, ella es un ejemplo de coraje y de lucha. A pesar de todo lo que ella soportó en su jornada rumbo a los campamentos y después de más de tres décadas viviendo en uno de los rincones más inhóspitos de Argelia, ella todavía espera volver a su tierra natal. Soy capaz de ver la belleza de su país de origen. Mi vida ha sido moldeada e influenciada por la historia de osadía de mi abuela. La última cosa que ella me dijo aquella noche, que todavía resuena en mi corazón fue: “Ellos (los marroquíes) pueden tener armas y aviones, pero nosotros (los saharauis) tenemos paciencia y determinación”.

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