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Dossier Caminhos e perspectivas da integração latino-americana

La recuperación del desarrollismo en el regionalismo latinoamericano

, por NETO Walter Antonio Desidera, TEIXEIRA Rodrigo Alves

Las concepciones de desarrollo que adoptaron los países de América Latina desde finales de la década de los noventa, superando las orientaciones liberales que caracterizaban los procesos anteriores de integración, es el tema de este artículo. Son abordados los elementos específicos da nueva integración desarrollista, sus preocupaciones políticas, sociales y la búsqueda de una nueva estructura financiera. Este texto fue publicado originalmente como parte del libro.Perspectivas para la integración de América Latina, por el IPEA y CAF, en 2012.

El abandono relativo del regionalismo liberal y la recuperación del regionalismo desarrollista

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Amérique Latine
CC Intal

Entre finales de la década de 1990 y principios de los años 2000, el ascenso al poder de los gobiernos de izquierda o neodesarrollistas [1] de diferentes matices en algunos países de América del Sur, teniendo como fuerte elemento en sus agendas la realización de una revisión crítica de las políticas neoliberales – domésticas o de integración – de la década anterior, provocó una reversión en las propuestas para la integración regional del continente. El ascenso del neodesarrollismo está relacionado con la insatisfacción con los magros resultados en términos de crecimiento, empleo e inclusión social, de las políticas liberales de los años 1990, delante de las sucesivas crisis y de la inestabilidad financiera internacional que sacudieron a los países de la región.

Después de la crisis del modelo de libre cambio en el Mercosur – provocada inicialmente por la desvalorización de la moneda brasileña en 1999 y después por la crisis en Argentina en 2001 – en la Cumbre de Asunción de 2003, los cuatro países relanzaron el proyecto, haciendo hincapié en la necesidad de observar las asimetrías estructurales entre sus miembros y de darse mayor atención a las cuestiones sociales.

En 2004, Venezuela, al junto a Cuba, pusieron en marcha la Alianza Bolivariana para las Américas (Alba), en declarada oposición al Alca y a los Estados Unidos. Adhirieron al esquema seis países más, latinoamericanos y caribeños2 [2]. Más ampliamente, desde el año 2000, cuando bajo la iniciativa brasileña se realizó la Primera Cumbre de América del Sur y se creó la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA), se inició el proceso que culminaría en la creación de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur) – único proyecto que involucra a los doce países sudamericanos, inclusive los tres caribeños. Además, tanto el MCCA (con adhesión de Costa Rica) como el Caricom (ahora con quince miembros, incluyendo Haití y Surinamés, que no son de origen británico) pasaron por revisiones en sus tratados en esta década, en la misma dirección. Finalmente, en 2010, en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, realizada en México, fue creada la Comunidad de los Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), fusionando el antiguo Grupo de Río con la Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo. Denominados por Veiga y Ríos (2007) de regionalismo posliberal, en estos proyectos de integración de la década de 2000 resurgió la posibilidad de la existencia de coordinación regional tanto de la inserción internacional de los países latinoamericanos como de sus planes de desarrollo – aunque los enfoques de política económica de estos nuevos gobiernos presenten muchas variaciones.

Con el fracaso definitivo del Alca en la Quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Mar Del Plata, en el año 2005, el foco de los ataques de los Estados Unidos a América del Sur se dirigió a la firma de tratados de librecomercio bilaterales con los países interesados – a saber, Chile, Colombia y Perú [3]. Esta idea de liberalizar el comercio a través de la vía bilateral estuvo presente desde la Iniciativa para las Américas. De todos modos, una vez que la política exterior estadounidense se ocupó enérgicamente de la llamada Guerra Contra el Terror desde los ataques terroristas al World Trade Center, en 2001, podemos afirmar que en esta década ha habido una reducción en su atención a América Latina. En otras palabras, los estadounidenses no destinaron muchos recursos para ejercer una resistencia enfática al regionalismo posliberal latinoamericano, facilitando su desarrollo. Más allá de esto, la crisis financiera internacional de 2008 y la transición gradual por la cual pasa el sistema internacional en dirección a la multipolaridad, también ha favorecido el avance de estos proyectos.

Este regionalismo latinoamericano de los años 2000, a diferencia de las experiencias pasadas, presenta no solamente una fase económica esencialmente comercial, más también preocupaciones políticas y sociales. Tanto la CELAC como la Unasur tienen entre sus objetivos la coalición política de sus participantes para la adopción de posiciones comunes en foros multilaterales de la gobernanza global. Además, estos dos proyectos también avanzaron en el ámbito de la gobernanza regional, con la previsión de medidas de contención de disturbios al orden democrático en los países de la región (dispositivos presentes también en el Mercosur y en la CAN) y, en el caso específico de la Unasur, también con la institución del Consejo de Defensa y del Consejo para el Problema Mundial de las Drogas (Desiderá, 2011). Iniciativas regio- nales de cooperación para la reducción de las desigualdades sociales están presentes en todos estos ejercicios de integración, incluyendo a la Alba.

Del punto de vista de las medidas en el campo económico, dentro de la Unasur, la incorporación de los proyectos de la IIRSA por el Consejo de Infraestructura y Planificación (COSIPLAN) presenta potencial para abandonar el enfoque de la formación de corredores de exportación en el continente para promover la integración física entre los interiores de los países, paso fundamental para la integración de cadenas productivas de proveedores y productores relacionados, con el objetivo de la formación de economías de escala y la propia integración de las sociedades sudamericanas.

Merecen destaque también, como medida innovadora, los Acuerdos de Suministro Energético promovidos por Venezuela en el ámbito de las empresas regionales Petroandina, Petrocaribe y Petrosur, que establecen la financiación subsidiada de petróleo para los países de la región, reduciendo las asimetrías en el acceso a estos recursos y confiriendo mayor competitividad a las economías regionales.

La creación del Banco del Sur, además, viene a promover una nueva arquitectura financiera regional que sea capaz de apoyar el logro de estos proyectos de infraestructura. Debe destacarse que el tema de la arquitectura financiera reapareció tras las diversas crisis financieras – bancarias y cambiales – por las cuales pasaron los países de la región en los años 1990 y en el inicio de la década del 2000, causadas por la alta vulnerabilidad externa, a su vez resultante de una descuidada apertura financiera y de significativos flujos de capitales a corto plazo, que dejaban las fronteras de los países de la región sin cualquier regulación o control.

Una de las principales limitaciones de la teoría cepalina era la falta de una teoría monetaria y financiera. En el documento de 1994, en el cual se desarrolla el concepto del regionalismo abierto, tampoco hay alguna referencia a los riesgos de la apertura financiera que acompañaba las reformas liberalizadoras allí defendidas. Por el contrario, parece que la euforia globalizante de los años 1990 eclipsó la visión cepalina sobre los riesgos de la apertura. Sólo después de la crisis asiática, en 1997, los problemas relacionados a la liberalización financiera entran en la pauta de los debates de la Cepal, tratados en el capítulo XIII, titulado “Ingreso de capitales e implicaciones de política: recapitulación”, en documento lanzado posteriormente (Cepal, 1998).

En este sentido, el reciente debate sobre la integración, especialmente tras el estallido de la crisis financiera internacional de 2008, también ha dado espacio a discusiones sobre la arquitectura financiera regional, en las cuales se tratan no sólo el papel de las instituciones de fomento a la inversión productiva y a la integración física [4], como también a la creación de sistemas de pago en moneda local y la defensa del fortalecimiento o creación de nuevas instituciones para la prestación de liquidez frente a la crisis de balance de pagos, como el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLARD).

Aunque en el período del regionalismo liberal hubiera propuestas de una integración monetaria en América del Sur o en el Mercosur, [5] a ejemplo de la Unión Monetaria Europea – cuya construcción debe mucho a la teoría liberal de la integración financiera desarrollada por Mundell (1961) y McKinnon (1963) –, la profunda crisis en la que están inmersos los países de la zona del euro, ha alejado este tipo de propuesta. En lugar de la integración financiera, se han sido desarrollado estudios que defienden el aumento de la cooperación financiera regional, ya sea mediante el fortalecimiento de las instituciones existentes, ya sea a través de la construcción de nuevas instituciones. [6]

Delante de esta nueva situación de la integración regional en América Latina en la que se retoma el espíritu desarrollista, los capítulos de este libro, escritos por autores de diferentes nacionalidades sudamericanas, buscan traer variadas contribuciones al análisis de los diversos procesos en curso y su relación con el contexto de las transformaciones tanto en la política como en la economía internacional.

Notes

[1Según Coutinho (2006, p. 116), una de las principales diferencias entre el desarrollismo predominante entre las décadas de 1940 y 1970 y el neo-desarrollismo en gestación en los años 2000 es que, una vez situado en un contexto mas democrático, este último da mas énfasis al problema de la desigualdad social, algo secundario o mismo fuera de las preocupaciones en el pasado de la región (...). Otras diferencias son la mayor apertura al comercio global y la prioridad adquirida por la integración sudamericana (...)»

[2Además de Venezuela y Cuba, pertenecen al ALBA: Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Antigua y Barbuda, São Vicente y Granadinas y Dominica.

[3La firma de estos tratados hizo que Venezuela se retirara de la CAN y, pocos meses después, firmara el protocolo de adhesión al MERCOSUR.

[4Ver, a este respecto, Ocampo (2007) y Fanelli (2008).) (CAF, Fonplata, Fosem, BNDES, Banco del Sur, BID

[5Ver, por ejemplo, Giambiagi (1997) y Giambiagi y Rigolon (1999).

[6Ver, por ejemplo, Deos (2009), especialmente el segundo capítulo, Ocampo (2006) y Titelman (2006).

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